recuerdo los pasos que han caído:
fusilados de lluvia en calles conocidas,
maltratados por pies ajenos en los buses,
arrastrados y marchitos a través de paseos sin destino;
los recuerdo, porque de ellos me ha quedado la paciencia
aquella que me mantiene esperando al sol, la noche y la brisa
al amor que se niega a llegar o que no quiere volver.
En particular,
me viene a la mente un soslayo de un paso navegante
que entre un charco muy profundo y un torrencial grito de humedad,
me condujo a la visión de alguien magnífico,
un espejismo de granizo, una figura sin alma
de una mujer que no existe,
sino como una fusión e ilusión de todas las demás del planeta.
Fue ella quien puso una venda a mis zapatos
para que no reconociera el camino,
para perderme,
para embelesarme en un callejón semi-oscuro.
Mil veces he perseguido el aroma y el sabor de tierra
con mis pasos
entre arrumacos de monte, soledad y ciudad,
como para hacer memoria a mis pies y llegar a ella.
Pero no puedo ver atrás,
porque aquellos pasos, los de entonces
me han abandonado.
Siento ahora la libertad del aburrido
donde todos los muros, las escaleras y ventanas
no dicen más que el tiempo ido a la nada,
donde las nuevas huellas de mis zapatos de ocasión
se empapen de direcciones olvidadas
e indicaciones imprecisas.
Hoy terminando este atardecer que el humo se lleva
como la juventud al tiempo,
recuerdo mis pasos
y rindo toda una noche de quietud a su honra.
1 comentario:
A esos pasos jamàs reconocidos, a esas luchas olvidadas ...
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