Te dejé venir a mi vida
olvidando que en el cielo no hay estacionamientos,
ni siquiera las nubes,
inmenso tráfico que cambia de colores y de acidez.
...Se detienen.
La policía del viento vino y ella
todo lo trastorna, todo lo mueve,
todo lo multa con tornados y lo entristece con lluvia.
Sin embargo, viniste a mi vida sin querer quedarte
a pesar de la promesa de masajes,
de apasionadas tardes de aburrimiento,
de mojados baños de vino barato, pero dulce siempre dulce.
Pasaron así los fines de semana y los miércoles de muchos años,
me quitaste la ropa, la calma y el alma,
tu amor por el ruido y los gemidos
se llevo hasta el silencio que guardaba para mis últimos años antes de la muerte.
Dejaste tu ropa interior en la gaveta
las alas colgadas en la chapa de la puerta,
la lanza, bien parqueada en medio de mi pecho.
Ni siquiera levantaste los restos de comida
y tanto tiempo pasó,
que en esa mesa del rincón nació el bosque de hongos más bello del barrio;
no fui capaz de limpiar tus desastres,
porque se veían tan bien con los mis míos,
que me dio pesar romper tanta desarmonía, tanto arte moderno.
Te fuiste y te dejé venir a mi vida
para que los vecinos dejarán de pensar en mi orientación sexual,
en el futuro genealógico de mi apellido,
en la herencia de deudas que debo legar.
Sí, esa era mi intención.
No, no lo era enamorarme,
no lo era de alguien con menos defectos que yo,
de alguien sin sombra, ni reflejo,
de alguien tan acostumbrada al espejo,
pero ya ves
mis planes se los comió el perro.
Te dejé venir a mi vida
y ya ni eso queda desde tu partida.
¿Quién eres?
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