En la larga fila de vidas que parten,
de mochilas abandonadas,
de amores y sonrisas al vuelo,
siento como me hago un pájaro
uno de alas oscuras y lentes,
porque mientras caigo en los brazos de una rubia con pecas
la sensación es la misma:
es una inmensa jaula, el cielo...
Llega uno de aquellos trenes que hierven aún estando vacíos, ligeramente felices,
paseando por su destino circular y metalizado,
se sienten eternos
en lo que van devorando y escupiendo gentes,
uno que otro animal y uno que otro consciente.
Yendo de la terminal F a la A,
un ordenado y bruto edificio lleno de "Sir, Yes, Sir",
muchos libros baratos, muchas ofertas y un silencio
un ordenado silencio,
que significa impaciencia, adiós al hogar, bienvenida al hogar.
¿Me atreveré a decirle que nos mudemos por unas semanas a la Conchinchina?
La felicidad realmente es dulce cuando es corta,
como efímera es la lluvia,
como inevitable es el amor o la muerte.
Se acumulan los últimos llamados en los mismos altavoces,
se cierran las puertas
y continua el desfile de rubias, mientras las sabiduría negra como su brillante y suave piel
lee a Kafka, off the shore... Inside the walls.
Pretendo entender la melancolía americana
entre los susurros roncados de los viajeros de largas horas,
en definitiva: cuando todos están conectados, nadie lo está.
Y es la soledad, no de la que hace de maestra, sino de la que hace de psicópata,
la que los hace amantes o los hace asesinos.
En el gran cristal que ve tantas despedidas como regresos
se ve como el sol está cocinando la lluvia.
13:03, faltan 50 minutos para sobrevolar la jaula,
seguiré conquistando a la rubia, mientras deseo a la morena
las dos de árboles tan diferentes
que yo un mero canario de arbusto de barrio
solo besa, sopesa y recibe
toda esa pasión con sabor a aeropuerto,
un sabor como la comida de avión
no será deliciosa, pero llena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario