A ese cuaderno olvidado
de hojas libres y santas, lleno con solo tres grandes palabras,
grandes por el tamaño de las letras más no por la intención de su alma.
De humo te ha llenado la lluvia,
mientras ves al cielo esperando la tinta,
tu aroma es el de flores que no han nacido por falta de amor,
por falta de abejas y de sol,
de tristeza y valentía.
No caen las letras sobre tu piel de arboles caídos
en el gentío de minutos que esperan para hacerte cenizas,
el fuego no podrá consumirte
porque eres virgen,
cual centímetro de tierra oculto en la raíz de los más frondosos arbustos.
Vivirás por encima de mi,
tu dueño
si bien eres tu quien puede darme la vida y a quien pertenezco,
sabes que el rojo del mar que cabalga en mi pecho
solo brilla con el deseo de hacerte palabra,
eres esa imperfecta adoración que mujer viva no ha logrado brindarme.
Pero no escribo acerca de mí,
sino sobre el cuero marrón que envuelve tu universo
y la omnipotencia de tu silencio.
Entre los dos queda aún lo que es incierto
como el lugar donde romperán las olas de aquel último tsunami,
he de vivir muchas pequeñas muertes
antes de abrir las piernas de tus hojas,
antes que sea tuyo por completo
en lo que todo el mundo llamará locura
mientras que tu y yo
sabremos que será la escritura de un amor,
un amor del bueno.
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