viernes, 25 de abril de 2014

La condena

Rebosados de hartazgo
van pisando mis largos pies de madera, el piso de lija donde termina el camino,
donde no hay retroceso,
donde no hay más esquinas.
En la búsqueda de preguntas encontré más respuestas que las que mi desconocida-mente joven corazón podía soportar,
y me inundé de símbolos, fórmulas, gráficos y ecuaciones
funciones del universo con todos los ejercicios resueltos.

El café de la calle Martel solo fue la puerta de una pequeña cárcel
que me brinda como comida palabras,
como luz de sol páginas blancas,
como baño litros de tinta
como libertad la muerte,
como condena la vida entera.

No hay gritos de lamento en este lupanar
quizá porque nadie llora o nadie sangra,
quizá porque las penas, aquí se las lleva viento,
quizá porque aquí todo se dice escribiendo.
¿Y ahora qué?
Me pregunto en mi vigesimoséptimo año de toda una cadena perpetua.

No añoro la libertad,
pero añoro la magia de un sueño nuevo
que me haga más agridulce la condena.



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