Es lunes otra vez y ando queriendo enamorarme,
como si no importara el riesgo,
el desvarío,
la fiebre inmortal
los globos, los colores y los suspiros que eso conlleva.
Podría enamorarme de aquella mujer que hoy me da su tiempo y su cuerpo,
que bebe del mío, que desea devorarme,
pero son cosas de la injusticia de la lógica,
es el peso del pasado proscrito
que aún en la honda calma de la noche, patea latas entre las plantas de ese gran desierto que es mi corazón.
Es menester tapar el cielo con un dedo,
no solo el sol,
porque la verdad es que no siento,
ando ensimismado
consumiendo libros y licores
como si realmente los amara a ellos y no a la piel y no a la carne.
Entiendo que no basta solo querer enamorarme
para sentirlo,
entiendo que debo deambular hasta perderme,
hasta que mis ojos no vean más allá de unos ojos
hasta que no huela más allá de un perfume,
hasta que no perciba más allá de la esencia de esa mujer imperfecta.
Aplicando la ley de indiscriminada honestidad
la verdad es que no deseo enamorarme.
No deseo compartir la soledad que el viento y el aire me han regalado
entre los pasos de las calles que acumulo,
entre los gatos negros y los "bochos" amarillos que aparecen
entre las miradas rudas de los que odian en el metro.
Es lunes otra vez y mi deseo,
quizá mi gusto más que mi deseo
es el amor de una hoja de papel,
una pluma,
una dama que camina a la orilla de un río,
contaminado de silencio como mi sangre,
una fotografía,
un sonido almendrado como el del jazz o el del punk,
y al final de un día como estos
un beso de mezcal, un beso de ron, un beso de soledad.
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