viernes, 4 de octubre de 2013

Apología a la leche con chocolate

En lo que ha sido el trasegar de esta vida vieja,
en la acumulación de pequeñas enfermedades del estómago, de la cabeza y del alma,
en la marca de mis caídas y en la zozobra de mis pérdidas,
un líquido, que sin querer no es alcohólico,
un humor de tierra masticada, un producto de la múltiple digestión ha venido a salvarme,
quizá no de la soledad
pero me abraza,
quizá no de la distancia
pero confluye en mi y me acerca,
hace de mi un niño inocente
como si alguna vez lo hubiese sido,
incluso,
por encima del duro corazón que aparento...
...me enternece.

No vengo a decir que mi sencillo elixir es como las pomadas del metro de Ciudad de México,
de aquellas que regresan al amor perdido, combaten la impotencia y hasta curan el cáncer;
no
no
no,
el líquido del que hablo, hace algo más...
... él me acompaña
y hasta en la madrugadas más profundas
hace renacer en mí los recuerdos,
memorias de aquel familiar universo que he venido dejando atrás buscando mi propio sistema solar,
mi propio cráter que da vueltas infinitas por el espacio sideral...
Al parecer,
las elipses de mis órbitas aún no cierran su primer ciclo, quizá por eso aún no conozco el camino...

En lo que continúan los amaneceres,
buscando una mujer que quizá un día encontré y luego se refundió en brazos de otros aires, otras fes y otros hombres,
no tengo más que agradecer a aquel animal sagrado y maldecido
que entrega su vida en tantas maneras y solo recibe muerte,
- en verdad el cielo debe estar lleno de vacas, peces, cerdos y gallinas-
a ti te doy gracias y al jugo de tus senos
que combino con el procesado fruto de los dioses
para enmendar mis olvidos
y sopesar mis pesares.

Gracias por calentar mis temblores
gracias por hacer de esta inmensa distancia y soledad, añoranza.









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