Tengo un calcetín en la boca,
unas largas cuerdas que me atan el alma a la vida,
un momento que es más mirada que instante
y que se aproxima,
cerramos los dos,
tu y yo,
los ojos
porque esto
es una magra verdad
o una ilusión quizá ya perdida.
El ruido que sea mi muerte
será un susurro de un gran estruendo,
una vela que se sopla con ganas
en la inmaculada y plena calma, luego del apagón.
Todos necesitamos oscuridad
para que la realidad no pierda su dimensión;
conjugo un vaso de agua agria con un cigarrillo
y me preguntó:
¿qué será de mis sueños cuando el mundo que los sostiene caiga aplacado por los balazos de una gruesa lluvia?
¿Dónde se esconderán aquellas sonrisas puras entre el gentío de lágrimas del que se han llenado mis calles?
Es la luz amarillo-barco-naranja
ésta misma que se hace tiempo,
de una hora menos,
de 60 minutos más,
de pedacitos de pelusa y de saliva.
A este asesino que lleva dos meses buscándome
le dejo notas en los muros de la plaza y en el metro,
en el techo de su casa,
incluso, en ese enorme y rectangular espejo.
Si quieres sosegar los recuerdos con justicia,
ponle un silenciador al cañón de tu pistola
para que no queden pistas,
para que lo único que quede sea agua salada en tu mejilla
y brillantes perlas en tus labios,
no olvides si sobrevivo
que la memoria y el amor son el más profundo silencio.
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