es gritar,
ya nadie escucha...
Porque el silencio sube a las nubes
hasta que la noche lo adormece
y en sus blancos sueños,
violentamente...
Choca sus alas contra las corrientes,
rasguña los pizarrones de las escuelas vacías
patea los botes de la basura
y desencaja su mandíbula en un alarido impávido.
Corre,
hasta que la resonancia de su sordo desespero
lo levanta en la mañana;
cuando todo vuelve a existir
como si nunca hubiese dejado de hacerlo,
cuando los carros,
los pasos,
las avenidas y las vidas elevan sus sonidos
desde la fricción de la piel en el césped
hasta la rápida e in-frecuente sirena de alguna emergencia.
Se pasan tan tranquilas y aceleradas las tardes,
tan incesantemente dormitan las ilusiones
que sobre las arrugas que van quedando sobre las calles
nadie se fija, nadie resuelve
romper el silencio de aquel ruido gris de las ciudades y los centros,
como lo hacen los suicidas al borde del precipicio
como lo hace aquel que presiente su muerte
o aquel que ha cobrado la vida de nuevo.
Todo es tan sencillo como gritar,
tan sencillo como es perder la conciencia
tras una conmoción...
Tan sencillo como lo es el amar.
Gritar hasta que no haya más sonido.
Tan poco requiere dejarse llevar que
volverse loco es igual de simple
cuando solo importa el destino sin apreciar el camino.
Ya nadie quiere ver el paisaje
de una ruta que recorre a diario,
pero cuán atento se hacen los ojos al detalle
al cambiar la ruta que nos lleva, al bajarnos antes de una partida.
El silencio ahora respira
como la sombra que parece no estar al mediodía,
nos sigue
nos adora y nos libera.
Gritar hace más valiosa la decisión
cuando se quiebra el silencio.
Ahora Grita!!!
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