jueves, 13 de noviembre de 2008

Horse with no name (IV)

Luego de la eterna vicisitud del domingo, todos fueron a la cama con la sensación, un tanto impulsiva, de no creer más en sueños y volver a la realidad vacía, feliz y lastimosa de añorar una madre que nunca se quiere volver a alcanzar.

El durmió profundamente, viendo como la figura en su cama desaparecía, como enterraba la última imagen de su antes esposa muy amada; como las tazas de café se rompían, como el bajo ambiente absorbía el fastidio y retornaba la zozobra magnífica del abandono; como sus sueños escritos en papel higiénico, se hacían realidad al deshacerlos sobre el lavabo. La casa empezó a moverse, a acomodarse, con los cristales inhalando tierra y lluvia, con los sillones agrietados y manchados de humedad repentina y constante, y redondas formas de café espresso, de aquel café real que él solo sabía preparar, como todo en su vida en tan solo tres pasos: agua (1), dos cucharaditas de café (2) y una de azúcar (3); siete años de noviazgo (1), matrimonio (2) e hijos (3); abrir los ojos (1), levantarse (2) y darse un silencioso "buenos días" (3); así, a tres pasos como todo en su vida...amor (1), un beso (2) y la despedida (3)...

La luz se colgó de los techos durante cinco días, viendo salir las migajas de un amor cansado, como un ventarrón hasta llegar el sábado, cuando todo calmó, cuando se secó de los pisos la lluvia de la semana a la vista de las ventanas siempre abiertas. Se abrió la puerta y Fernanda hizo el sol, el calor y el desayuno y sonrió a Simon quien fue la primera persona que atisbó su presencia, montada sobre la saliente de la ventana limpiando las lámparas.

Una ráfaga de luminosidad contenida lo despertó, palpó sus sábanas para asegurarse de haberla perdido; suspiró profundamente y llevó sus pies hasta el comedor donde los niños comían vigorosamente, como presos de ansiedad y de hambre, tomando el jugo y el cereal como náufragos luego de dos semanas a la deriva. El casi sin quererlo, ni pensarlo tomó su lugar en la mesa, observó como llegó la tortilla, el té, la mantequilla, todo transportado por unas manos desconocidas, jóvenes, hermosas y felices...Que al alzar la mirada, le hicieron contener la respiración.

Él olvidaba a cada sorbo, a cada mordisco las viejas señas, las viejas voces y las antiguas lecciones de su esposa, podría deducirse que no era más que una alucinación colectiva (por la cara de los niños), porque en relativas cuentas podría estar imaginando, soñando, maquinando un simple capricho, una gran ilusión interna, uno de esos pensamientos que no quieren abandonarse, un deseo más allá de la realidad consciente y curvilínea. La experiencia fantástica de una vida solitaria que no tenía ni pies, ni cabeza era un riesgo deliciosamente adobado, una maqueta perfecta: solamente una casa, dos niños, una ausencia y un tiempo que no quería dar paso a los días, una constante repetición de libros, cenas, caminos, vistas, autobuses, lunas, lluvias y aire…

Quizá él estaba atrapado en una irrealidad paralela a su vida ya lo suficientemente mágica como para perder el hilo de la conciencia; las bancas de los parques tomaban el tono verdoso del olvido, mientras las hojas llovían de los rascacielos, lacerados por la distancia del suelo y por el descuido de sus ventanas.

Caminó detalladamente, luego de sentirse satisfecho, marcando las esquinas con un lápiz negro de eterna punta acerada, se detuvo en medio de una plazuela y bajo el nombre del prócer escribió la canción de su vida, siempre a tres pasos, una sonata en clave de sol 3/4, fue cubriendo de un "mi" y un "tralalá" la leyenda de las grandes aventuras de un libertador de momentos, hace más de doscientos años fallecido. No firmó su opera prima, pero dejó su huella de zapato mezclando la mugre que encontró en el pavimento con un poco de saliva.

Al volver a casa, yendo por la desolada avenida tuvo un presentimiento, una de esas corazonadas que matan de pura incertidumbre, corrió siguiendo las marcas negras de cada vértice viendo entre el sudor que le goteaba la casa vacía y plena de espacio en blanco, los niños en plena fuga y Fernanda cerrando la puerta, despidiéndose con un beso con un corazón en el cristal. Entró de sopetón doblando la llave en la cerradura, cayó al piso entre el brillo intenso de la parqué recién pulido, gritó tan fuerte que Simon aún embebido en la contemplación de la muchacha y sus caderas, volteó a mirar y sembró un gesto de extrañeza.

Solo fue un espejismo aquella triste vicisitud imaginada.

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