viernes, 29 de agosto de 2008

Horse with no name

I

Despertaba en una mañana normal, sol y lluvia, una mañana en la que no quería ir a trabajar, pero qué hacía en la casa si los niños estaban en la escuela y su mujer…bueno, no estaba y vivía en la única barriada que no disponía de señal televisiva, ni de radio, todo por unos jóvenes con mucho tiempo que decidieron lanzar piedras sobre la antena comunitaria, ya desvencijada por la lluvia, el sol y las palomas, que con su rastro intestinal corroían los paneles de cartón y aluminio. Qué hacer en casa, se preguntaba, si su esposa hace ya tres semanas estaba desaparecida, dejando antes de irse los trastes limpios, los baños con ese aroma sutil y maléfico de amoniaco y cloro de limón, el polvo limpio sobre las mesas, tanto que parecía que un láser invisible, cerca de los muebles, le impidiera posarse, como si su mujer igual que antes, hubiese pasado el trapo, dejando una señal aún húmeda sobre la mesa con aquel trozo de tela con florecitas que ella solo los días de mercado o de visita ocultaba, para romper su postura de ama de casa y convertirse en la señora Morales que hacía café de manzanilla y que compraba el pan de las onces 30 calles lejos de su casa, para que sus invitados no dieran con el lugar de la panadería y se convencieran que aquel pan maravilloso había sido hecho por las manos de su vecina, su amiga, su anfitriona, la fantástica señora Morales de curvas increíbles bajo el delantal.

Parecía que el ligero equilibrio de las semanas se hubiera roto, el sol alumbraba las madrugadas y la luna no salía más; lo único que se mantenía era el tiempo, como siempre, implacable, comiéndose cana a cana, costra a costra, momento tras momento la normalidad de los recuerdos, donde la señora Morales permanecía dentro las mentes de sus hijos y esposo.

El solo se sentaba a los pies de la cama, sin sollozar siquiera, solo, esperando el ‘ring - ring’ del teléfono para que una voz inmune al dolor, le hablara de las maravillas de la crema adelgazante o las promociones en llamadas de larga distancia; permanecía, allí, esperando a ver si aquel lugar apartado en el centro de la ciudad, se convertía en el cráter de un volcán que acabara con el mundo. Los niños en la escuela solo pensaban en los fabulosos regalos que su madre les traería de aquellas vacaciones de la vida, a las que su padre les dijo que había partido; no estaban convencidos de creer esa mentira, pero su amoroso progenitor, el mejor papá del mundo ahora, les había traído mil juegos de video, diciendo que en una de las escalas del viaje de su madre por tierras desconocidas, había pensado en ellos y les enviaba los presentes, con la solicitud sagrada que fueran muy comprensivos y obedecieran a su padre.

Mientras todo pasaba, menos el tiempo, los platos continuaban limpios, los muebles intactos, sin arrugas, la marca constante de esa soledad eterna que no se secaba de la superficie impoluta de la mesa. Solo en ocasiones llegaba el sopor absoluto de las voces escondidas, de las visitas de siempre felices y chismosas, hablando de las merecidas vacaciones de la señora Morales, preguntando cuando estaría de regreso, hasta el momento cuando los niños las encontraban buscando tierra removida o algún hoyo en el jardín, culpándolo de un deceso incierto, que él solo quería confirmar para salir del letargo; olían los cuadros, tomaban el trapito de flores, veían las bandejas vacías que les recordaba la razón por la cual visitaban la casa, el pan tierno y tibio y el café de manzanilla…Pasaron así muchos minutos de silencio incómodo, viéndose unos a otros, pensando en el futuro de los niños que seguían embebidos en el poder vibrante de sus ‘shooters’, batallas de guerras mundiales y automóviles ‘customizados’, que los protegían de la realidad de la casa vacía.

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