viernes, 29 de agosto de 2008

Horse with no name (II)

II

El sonido lejano de los pasos de ella, acompañaba los sueños que el intentaba conciliar con alguna idea fugitiva que le permitiera despertar; de pronto una ráfaga incognoscible explotó y escuchó el teléfono, los tacones negros, las llaves luchando contra la puerta y fue, como si hubiese sostenido el aire durante mucho tiempo en sus pulmones, salió suspirando, corriendo, abrió la puerta y era ella… la muchacha que siempre venía los sábados y que todo el mundo ignoraba, mientras corría los muebles, fregaba los baños y limpiaba el polvo con una bayetilla de seda que dejaba ver su virginidad inmaculada entre las caderas apretadas y el silencio infantil de sus cuchicheos con los trastes; él la sintió y no logró entender qué hacía aquella muñequita en su casa, no recordaba que desde el primer día de la partida de su esposa, antes que él notara su ausencia, había contratado a aquella joven del sur, donde las guerras de la pobreza, emplean y relegan su futuro al quehacer doméstico de los ricos y al cuidado de los niños. Llegaron las 5 de la tarde y el silencio, la zozobra azotó con su látigo las espaldas de aquellas tres vidas que terminaban la noche, comiendo cada uno en su cuarto, ignorándose para no pensar, no añorar, no sentir dolor, soñando quizá en el próximo sábado en el Fernanda vestida de madre y esposa viniera a limpiar y así consolar el espacio que aquella mañana lluviosa antes de la hora de las visitas, se fue a buscar el pan, pero que no dio nunca hora de regreso.

Simón seguía sus rutinas habituales, en verdad no extrañaba a su madre, la tenía como una extraña que solo vivía para sus tardes de domingo, sus visitas, para sus risas falsas y sus mismos tres cuentos mil veces contados; a veces recordaba que llegó a la conclusión de tomar por muerta, comida por leones a su madre 5 años atrás, cuando él llegó dejando caer gotitas de sangre de su mano sobre la alfombra para que su madre se la vendara o por lo menos le brindara un fingido ‘sana que sana, colita de rana...’, pero que solo le dio una mirada inquisitiva y un regaño, por andar jugando con el cachorro de los González, que por no estar amaestrado no sabía nada de la vida y no distinguía una mano de un juguete. Fue al final su padre, quien a pesar del cansancio por su horrible trabajo de ‘clicleo’, se había tomado el tiempo de lavar su mano, ponerle una curita (band-aid) y llevarlo a la farmacia, donde por un pinchazo antirrábico, pudo disfrutar de un helado gigante de té verde, que era lo que más disfrutaba en el mundo. Simón solo concebía la meta de ser el mejor de su clase, ser un héroe para librar al planeta de los padres que no conocían el sentido de un berrinche o el color de la sangre de un niño, y bueno mientras tanto, para que su padre le diera diez mil pesos de premio, para que tomará su helado sagrado de los viernes y pudiera invitar a Manuela, su vecina, al cine a ver una animada historia de bichos.

Federico deambulaba nada más, con su cochecito tirado por una cordel, era el quién a pesar de los cariños disuasivos de su padre, y los video juegos, no podía concentrar sus esfuerzos en vivir por la falta de su madre; nadie sabía que luego de comer corría al baño a lavarse los dientes, para luego devolver los guisantes, el arroz y el pollo frito que ya era común desde hace semanas, al retrete, dónde pálido lloraba su soledad por la falta de un rico postre que disminuyera sus náuseas y la ausencia de un beso maternal de buenas noches.
Llegó el día sin nombre, sin horas, sin sol, nubes o luna, todo retrocedió, volvió la madre, los postres, las visitas; llegó de nuevo la casa siempre limpia, la cena servida; la señora Morales cubierta de angustia hervía el ague´ panela para el café mientras los niños recogían manzanilla del jardín, jardín que podía ser una habitación cualquiera de paredes blancas, sin luz, sin obscuridad, tan solo el brillo de las florecitas que era un brillo sino el reflejo de algo que cubría el momento, como una máscara insípida de realidad revelada, como un recuerdo, todo transcurría dentro de las mentes, el espacio, las puertas, el mundo de un día que en verdad no era más que tedio, añoranza de un instante fantástico por el hecho de ser corto, instantáneo, pluralizado por las palabras, las visiones de tantas personas, bueno, de aquellas tres personas que en una tarde de silencio ensordecedor, de cigarrillo y sobredosis de chocolate, recrearon un día que no estaban seguros de recuperar quizá por las circunstancias o por las ansías aún esclavas de libertad, de parque de domingo, de lunes tardío y comida callejera.

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